Socialismo o Barbarie, periódico Nº 123, 03/04/08
 

 

 

 

 

 

Nueva coyuntura política

Después del paro del campo

En el momento que redactamos esta editorial (miércoles 2 de abril) el paro del campo se ha levantado. El gobierno K realizó ayer martes una concentración de importancia en Plaza de Mayo (unos 50.000 asistentes) pero menor en su convocatoria a la del 25 de mayo del 2007. Por su parte, el “campo” acaba de finalizar una concentración en Gualeguaychú (unos 20.000 asistentes) donde anunció formalmente el levantamiento del lock out agrario. Se impone entonces sacar las conclusiones políticas de estas tres semanas de crisis que han abierto una nueva coyuntura en el país.

El “campo” sale fortalecido de la pelea con el gobierno K

Es preciso, en primer lugar, hacer un balance del resultado inmediato que ha dejado esta pulseada. Es verdad que el frente único de las organizaciones del campo ha levantado la medida sin obtener por ahora la reivindacion casi única y central por la que salieron a pelear: la rebaja de las retenciones al nivel que tenían antes del 11 de marzo pasado. En lo inmediato, el gobierno salvó la ropa tomando una serie de medidas para los pequeños y medianos productores, evitando tener que dar marcha atrás en la anunciada suba de las retenciones.

Sin embargo, da toda la impresión que la cosa no va a quedar así nomás. La SR, FAA, CRA y Coninagro levantaron señalando que lo hacían “por un mes y para sentarse en la mesa de negociación que convoco la presidenta”.

Más allá de no haber obtenido –en lo inmediato– la reivindicación por la que salieron a cortar las rutas, es un hecho que salen fortalecidos de la pelea porque lo que emergió de esta disputa es un movimiento social que logro concitar el apoyo de amplios sectores de las masas urbanas, no sólo de las clases medias, sino también –equívocamente de sectores populares.

La continuidad del paro seguramente hubiera horadado este enorme capital político, en la medida que el brutal desabastecimiento y los escandalosos aumentos de los precios de los productos de primera necesidad (amén de las imágenes de los centenares de millones de litros de leche echados a perder), sumado al comienzo de las suspensiones en muchas fábricas, podrían haber hecho que las ciudades terminaran dándose vuelta contra el campo. Al haber levantado el paro al tiempo, esto no ocurrió.

El gobierno de Cristina K, si bien formalmente logro “aguantar el chubasco”, concediendo medidas menores y no retrocediendo en la principal demanda del paro agropecuario, salió sin embargo muy debilitado ante la opinión publica. Quedó en minoría tanto en los centros urbanos como rurales y no está claro que, en esas condiciones, bajo cuerda, no termine cediendo, de una u otra manera, frente al reclamo agrario. Igualmente para precisar este aspecto habrá que ver la dinámica política general y, particularmente, la negociación que ahora se abre.

Emerge un movimiento social conservador

El lock-out agrario significa una fuente de enorme confusión entre las masas trabajadoras. Porque, contradictoriamente, terminó recogiendo un creciente malestar con el gobierno de Cristina K que se vino incubando a lo largo de todos los meses del verano (malestar del cual la mayoría de la izquierda siquiera se percató en oportunidad de la pelea del Casino).

Claro que este malestar es completamente justo en la medida que los esposos K cada vez más significan creciente carestía de la vida, aumentos salariales a la baja, patoteadas a los que salen a luchar, manutención de la esclavitud laboral de los ’90, doble discurso hipócrita en el terreno de los derechos humanos, etc.

Sin embargo, y lamentablemente, en lo inmediato este justo descontento popular y el desarrollo de una acelerada experiencia respecto del gobierno K, no son capitalizados por un movimiento social y / o político de los trabajadores, sino por la emergencia de uno de rasgos conservadores.

Es que emergió un movimiento social heterogéneo, una típica coalición donde están mezclados pequeños propietarios, políticos patronales, sectores acomodados de las clases medias, todos comandados bajo la batuta de algún sector gran patronal (la Sociedad Rural) pero que irrumpe en la escena con métodos de movilización de masas.

¿Cuál es entonces la tremenda contradicción que hay que subrayar aquí? Que lo que termina emergiendo y polarizando contra el gobierno K no es una gran huelga obrera o lucha popular, sino un movimiento social de grandes y pequeños propietarios agrarios que levantaron por programa una medida (la disminución indiscriminada de las retenciones) que sólo puede tender a afectar aún más las condiciones de vida y salario de los trabajadores, tanto de la ciudad como del campo mismo. La paradoja es que por haber recogido un creciente sentimiento popular anti K, un paro reaccionario es el que termina concitando la adhesión popular amenazando con inclinar el conjunto de la situación política no hacia la izquierda sino hacia el polo opuesto.

Esta situación que emergió en las últimas semanas no es un fenómeno puramente “nacional”. Hace parte de la actual coyuntura en toda la región latinoamericana por la cual (por toda una serie de razones que no podemos desarrollar aquí) la situación política se encuentra polarizada entre los gobiernos de la centroizquierda capitalista y / o “progresistas” y las oposiciones burguesas de derecha que logran sumar el apoyo de importantes sectores de masas (y tienen la simpatía, tras los bastidores, del gobierno de George Bush). Es el caso hoy de los “escuálidos” en Venezuela (frente a los estrechos límites burgueses del propio Chávez), como también en Bolivia en la emergencia de la reaccionaria oligarquía del Oriente del país y su chantaje separatista. El movimiento agrario emergente de estas semanas del lock-out tiene acordes similares a lo que está ocurriendo en otros países de la región.

Aparece una fisura en la burguesía alrededor del plan económico K

Pero hay que profundizar aún más en el análisis de la polarización entre el gobierno K y el movimiento social conservador que se vivió en estas semanas. Porque el movimiento social del frente único del “campo” como tal (los grandes propietarios arrastrando a los pequeños detrás de su programa) fue comandado, ni más ni menos, que por tradicionales organizaciones oligárquicas como la Sociedad Rural. Y la pelea por el cobro y el reparto de la renta agraria del país (ver artículo específico en esta misma edición), expresó, puso de manifiesto es la emergencia de una división burguesa de importancia a la hora del plan económico K.

Desde Duhalde en adelante, y reafirmado por los K, lo que ocurrió en el terreno de la economía fue una redistribución de las ganancias donde –en términos relativos– se desfavoreció a las privatizadas de servicios y las empresas de finanzas (las estrellas bajo Menem) en beneficio de los grandes capitalistas dedicados a la industria. Junto con esto, los grandes propietarios y productores agrarios, se han visto enormemente beneficiados por la política económica K, llegando a quintuplicar lo que les ingresa por renta agraria con relación a los ’90.

Sin embargo, con la suba de las retenciones algo se rompió. Sea porque consideran suficientemente “normalizado” el país como para presionar con que no haya “paliativo” alguno para las masas urbanas (léase, precios del transporte subsidiados u otros). O porque todo el mundo ha comenzado a hacer sus cálculos frente a la crisis económica internacional que se avecina, crisis que ya está comenzando a asentar sus reales en el país (la creciente inflación es una muestra palmaria de esto). La cosa es que este sector se planta frente al gobierno en la búsqueda de acabar con un mecanismo que le venía obligando a compartir parte –sólo una parte– de sus ingresos extraordinarios con el Estado K.

Y es esta división burguesa la que termina abriendo la crisis política y el cuestionamiento al plan económico K que se ha vivido en estas ultimas semanas y por la que emergió un “atisbo” de campos patronales enfrentados. Porque frente al tímido, mezquino y puramente capitalista “neo-desarrollismo” K, frente a una economía algo mas “regulada” producto de la intervención del Estado luego de la rebelión popular de diciembre del 2001, frente al proteccionismo económico burgués que –en un sentido– significan las retenciones, el “campo” lo que enarbolo, de alguna manera, tanto política como ideológicamente, es un ensayo o suerte de reivindicación de retorno a las condiciones “idílicas” de “libertad de mercado” al estilo de los ’90.

Y acompañando la división burguesa, lo que también se vio (más abiertamente que lo que significaron las elecciones del año pasado en la capital donde ganó Macri), es la emergencia de una división entre las clases medias urbanas y del interior del país, donde el sector mas acomodado y conservador de las mismas salió a “cacerolear” por derecha contra el gobierno K. Esta división de las clases medias, es otro tanto de los síntomas de las situaciones de polarización política como la que ha irrumpido en estas semanas en nuestro país.

Las brazas de la rebelión popular siguen ardiendo en el proceso de recomposición de los trabajadores

De continuar el paro agrario, muy posiblemente al menos parte de la opinión publica urbana, se hubiera dado vuelta. Había creciente síntomas de eso. Si esto no ocurrió, igualmente creemos que no va a pasar mucho tiempo para que entre amplios sectores de los trabajadores se tome conciencia de que tanto desde el “campo” como desde el gobierno K (junto a la burocracia de la CGT y la CTA), en mor de defensa de la “estabilidad” y la “paz social”, se pretenda que sean los trabajadores los que paguen cada “concesión” que se termine haciendo a los propietarios agrarios.

Frente a esto, surge otro rasgo que es también común hoy en Latinoamérica. Es la emergencia de muy duras luchas obreras contra los gobiernos progresistas, los cuales, frente a la creciente crisis económica y el asedio de la derecha, tienden a adoptar un curso crecientemente conservador. Es categóricamente hoy el caso de Chávez en Venezuela. Si no que lo digan los obreros de Ternium-Sidor (aceria de los Rocca en ese país) que están en un duro y directo enfrentamiento con el gobierno de Chávez que podría dar lugar a una suerte de paro general en los próximos días. También (aunque más mediatizado) el de Morales en Bolivia. Y no será de otra manera con Cristina K en nuestro país.

Pero incluso si frente a las luchas obreras se establece un frente único entre ambos “campos” patronales, hay un elemento de enorme importancia que ni por un momento debemos olvidar. Desde el estallido del ciclo de rebeliones populares latinoamericano, en ningún caso todavía se han dado derrotas obreras y populares de importancia.

En nuestro país, parte de las concesiones obligadas a dar por la clase capitalista (por intermedio del gobierno K), fue organizar la economía de manera tal que se recuperase de manera muy importante el empleo. En estas condiciones, una nueva generación obrera ha entrado a trabajar y ha comenzado un estratégico proceso de vanguardia, pero muy profundo de recomposición de los trabajadores. Los casos de la Marrón en el neumático, del cuerpo de delegados del subte, de la línea 60, de las opositoras del SUTEBA, etc., están allí para testimoniarlo.

En las condiciones del actual deterioro económico, de una inflación que es creciente, y de la eventualidad de agravarse las cosas, de suspensiones y / o despidos, casi inevitablemente se asistirá a un ciclo de muy importantes huelgas y luchas obreras. Luchas que van a ser muy duras porque seguramente enfrentaran –en este punto– a ambos bandos capitalistas unificados. Pero atención: las mismas las llevara adelante una clase trabajadora que a pesar y en contra de las burocracias de la CGT y la CTA, no se va a dejar despojar así nomás, fácilmente, de las relativas mejoras en las condiciones de vida de los últimos años. Mejoras que han sido un subproducto no de las “bondades” del gobierno K sino de las medidas que los capitalistas se vieron obligados a tomar para reabsorber la rebelión popular del 2001. Para este escenario debe prepararse la izquierda revolucionaria.