Es
un hecho aceptado por muchos. La Iglesia Católica Apostólica
Romana está pasando por lo que podría ser una de las
crisis más graves de su historia. Se habla hasta de la
renuncia del actual papa, algo que sería insólito...
Este
diagnóstico no es una simple expresión de deseos de
marxistas y otros diablos que andamos sueltos. Hans Küng,
uno de los intelectuales católicos más importantes –que
se mantiene dentro de la Iglesia aunque ha sido sancionado
por sus críticas– hace un diagnóstico categórico: “Nuestra
Iglesia está sumida en la crisis de confianza más profunda
desde la Reforma...”[1] O sea, desde que en el siglo
XVI el estallido del protestantismo partió en dos al
cristianismo de Occidente.
El
centro de esta “crisis de confianza” es la arrasadora
ola de denuncias de pedofilia, practicada evidentemente
por muchos curas y obispos, y –lo que más grave– encubierta
por el resto de ellos.
Analizaremos
esto. Pero antes advirtamos que la crisis es más global
y abarca muchos otros temas.
Hace
exactamente cinco años, en abril de 2010, al ser ungido
Joseph Ratzinger como papa Benedicto XVI, advertíamos que
“el show televisivo montado con la muerte del papa ha
servido... para que el ‘gran público’ continúe en la
santa ignorancia acerca de los elementos de crisis
que se vienen desarrollando en la Iglesia Católica y que
ahora, en la era post–Wojtyla, amenazan pasar a primer
plano”.[Ver “La doble crisis de la Iglesia Católica”,
SoB, periódico, 14/04/05, y en www.socialismo–o–barbarie.org,
edición del 17/04/05]
Entre
esos “elementos de crisis” que “amenazan pasar a
primer plano”, señalábamos los “escándalos masivos
de pedofilia” que ese momento sacudían a la Iglesia
en EEUU.
Hoy
ya no es sólo la Iglesia estadounidense la que está en ese
baile, sino el conjunto del catolicismo. Pero esto no
se debe a que, antes de Ratzinger, los curas del resto del
planeta tuvieran mejor conducta. En el fondo, lo
determinante es un debilitamiento de la Iglesia en la
sociedad, que hoy le está haciendo cada vez más difícil
silenciar a las víctimas, como era su costumbre.
Las
posiciones archi–reaccionarias sostenidas por el anterior
papado y profundizadas bajo Ratzinger, han ido llevado a una
“doble crisis”: en sus dos pilares históricos,
Europa y América Latina, la Iglesia pierde fieles.
Las nuevas generaciones se apartan de ella, entre varios
motivos, por las normas morales retrógradas que quiere
imponer a toda costa, especialmente en el terreno de la
sexualidad.
Y
ahora, el destape de la consentida pedofilia de numerosos
curas marca un contraste escandaloso con la obsesiva
prohibición de las relaciones prematrimoniales, el rechazo
a la educación sexual, el anatema de los condones aunque
exista el peligro del HIV, la condena de los anticonceptivos
cuando al mismo tiempo se niega el derecho al aborto, la
demonización de la homosexualidad, etc., etc.
¿Cómo,
entonces, no va a producirse una arrasadora “crisis
de confianza” entre los que honestamente depositaron su fe
en la Iglesia Católica?
Otra
indicio de la crisis del Vaticano ha sido la multitud de
torpezas cometidas al intentar defenderse... y que han
terminado siendo un boomerang.
Uno
de los últimos bloopers fue el del cardenal Bertone,
secretario de Estado del Vaticano, que vinculó a la
pedofilia con la homosexualidad. ¡Cómo si las relaciones
sexuales consentidas entre personas del mismo sexo, tuviesen
algo que ver con el brutal avasallamiento de un niño o niña
por una persona mayor que, además, actúa desde
una posición de autoridad frente a él o ella.
Una
estructura autoritaria: sumisión social y sexual
Es
que la cuestión de la pedofilia (en la Iglesia o fuera de
ella) no puede reducirse a un tema pura y esquemáticamente
“sexual”. Pensamos que allí se entrecruzan muchos
hilos, que tienen que ver con el fenómeno de la familia
patriarcal. Es decir, con la forma en que, desde mucho
antes del capitalismo, la mayoría de las sociedades
divididas en clases adoptaron para reproducirse, para
garantizar su continuidad como sociedades de explotadores y
explotados, de opresores y oprimidos.
Es
un hecho que gran parte de los abusos contra menores de edad
de ambos sexos se producen en el sacrosanto ámbito de la
familia patriarcal. Y el abusador es casi siempre el “jefe
de familia” (u otro macho que asume su papel y autoridad,
tío, hermano mayor, etc.).
Digamos,
de paso, que esto desmiente en buena medida las teorías
auto–absolutorias del cardenal Bertone: el “padre de
familia” es tal, precisamente por no ser homosexual (o,
por lo menos, por no serlo exclusivamente).
La
Iglesia Católica es una centenaria institución dedicada a
la represión ideológica de las masas, como una de
sus funciones principales. Es decir, a encuadrarlas dentro
de la sumisión y el acatamiento a todo lo que está
“por encima” de ellas, desde Dios en el cielo y el papa
en Roma, hasta la pirámide de autoridades “mundanas”:
inicialmente, el emperador y el amo de esclavos; luego, el
rey y el señor feudal; y ahora los gobiernos (si son de
derecha) y los patrones. “Esclavos, obedeced a vuestros
amos...”, predica San Pablo [Colosenses
3, 22–4,1]. “Vosotros los esclavos estad sumisos con
todo temor y respeto a los amos”, exige San Pedro (Epístola
I, 18]
Las
mismas normas de sometimiento se aplican en la
familia patriarcal: "Pues así como la Iglesia está
sujeta a Cristo, las mujeres deben estarlo también a sus
maridos en todo.”[San Pablo, Efesios, 5, 24] “Las
mujeres callen en las reuniones, pues no les está permitido
hablar; antes bien, estén sometidas, como dice la Ley. Y si
quieren aprender algo, pregunten en casa a sus
maridos...”[San Pablo, Corintios I, 14, 34–35] Y esto,
con más fuerza aun, rige la relación entre el pater
familiae y su prole: “Hijos, obedeced á
vuestros padres en todo”, exigía San Pablo [Colosenses 3,
12–21]
La
Iglesia, al organizarse desde los primeros siglos como un
nuevo poder en medio del derrumbe del mundo antiguo, adoptó
una estructura similar a la de la familia patriarcal.
No es casual que la primera persona de la Santísima
Trinidad sea el “Dios Padre”, ni que a los curas se les
diga “padres”, ni que la palabra “papa” haya tenido
originariamente el mismo significado, y que además al señor
del Vaticano se lo llame “Santo Padre”.
La
Iglesia se configura así, históricamente, como una
estructura de contenido autoritario–verticalista
con formas de familia patriarcal, donde los
“padres” que la componen poseen autoridad absoluta
sobre sus “hijos”; es decir, sobre los que estén en un
escalón inferior de la pirámide.
Es
en esta anacrónica estructura de la Iglesia Católica en
que el fenómeno de la pedofilia se presenta, al parecer,
anormalmente extendido.
¿El
celibato es el culpable?
Popularmente
se atribuye esto a la norma del celibato. Pero las cosas no
parecen ser tan simples y directas.
Desde
ya, el celibato (o, más precisamente, el voto de castidad)
configura una “anormalidad”, una represión de la
sexualidad que puede llegar a ser intolerable. Pero esto no
tiene porqué canalizarse “automáticamente” a través
de la pedofilia. En verdad, infinidad de veces se ha
resuelto por la vía de mantener relaciones sexuales
“normales”, en formas más o menos ocultas, como se
reveló recientemente en el caso del ex obispo Lugo, de
Paraguay.
Establecido
recién en el siglo IV en la Iglesia latina, el celibato no
tenía como motivación la castidad, sino los problemas de la
herencia de obispos y sacerdotes si se casaban. La
Iglesia se configuraba ya decididamente como una corporación
que atesoraba tierras y otras riquezas, y el matrimonio
eclesiástico producía “turbulencias” en materia de
propiedad. Pero el celibato no ha impedido nunca,
especialmente al clero secular, tener relaciones sexuales más
públicas o más “discretas” según las épocas, ni
incluso formar familias de hecho, como lo hicieron hasta
varios papas a la vista de todo el mundo.
La
pedofilia no es simplemente una variante más de relación
sexual sino también y ante todo una relación de sometimiento,
algo que no puede entenderse si no se la ubica en el marco
del patriarcado y su “autoridad”, que la
estructura de la Iglesia tiene en un grado superlativo
y aplastante, sobre todo en relación a los niños
que caen bajo su férula.
Los
relatos que comienzan a abundar en los últimos años de las
víctimas de los curas pedófilos impresionan por eso. Todos
los recuerdos coinciden en la figura del sacerdote violador
como el monstruo con autoridad absoluta que los
obliga a someterse... y, además, a callar.
1.–
Hans Küng, “Carta abierta a los obispos católicos de
todo el mundo”, El País, Madrid, 15/04/10.
La
Iglesia, una corporación de encubridores
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Frente a
esta situación, es
necesario
marcar puntos programáticos
Un
programa de acción
• Derogación del Art. 2 de la
Constitución que dice que “el Gobierno federal sostiene
el culto católico apostólico romano”. Absoluta separación
de la Iglesia y del estado. Ni un centavo a la Iglesia ni a
ningún otro culto.
• Fuera los curas de la educación.
• Por
la educación sexual, los anticonceptivos gratuitos y el
derecho al aborto.
• Rechazo
a la campaña homofóbica de la Iglesia. Derecho a la unión
libre, con todos los derechos que el estado garantiza en
materia previsional, social, de salud, habitacional,
laboral, etc. al actual matrimonio.
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Esta
protesta enviada al sitio de la BBC, expresa una de las
principales defensas ensayadas desde el campo de la Iglesia.
Pedófilos existen en todas partes: hay médicos pedófilos,
maestros ídem, choferes de ómnibus, plomeros, empleados
bancarios, obreros metalúrgicos, gordos y flacos, altos y
petizos, etc., etc. En todos esos “grupos humanos”, hay
un porcentaje. Entonces, ¿por qué se la toman con la
Iglesia?... Debe ser una “conspiración masónica”, como
dijo un obispo...
Admitamos
que en el “grupo humano” que componen los sacerdotes de
la Iglesia romana habría la misma proporción de pedófilos
que, por ejemplo, entre médicos o docentes. Pero esa no
es la cuestión. El punto es que si descubren a un
doctor pedófilo con las manos en la masa, no se pone en
acción el Colegio Médico para protegerlo. Y si atrapan a
un maestro, la CTERA no se moviliza para encubrirlo y
gestionar su “traslado” a otra escuela... para que siga
haciendo lo mismo.
El
punto fundamental con la Iglesia es que, más allá
de si la pedofilia aparece en ella como más extendida, el
aparato del Vaticano ha actuado siempre como encubridor
de los casos, aun de los más aberrantes, que dañaron
a miles y miles de niños que le fueron confiados. ¡Sólo
en la muy católica Irlanda, la Comisión
Investigadora de Abusos de los Niños habla de 35.000
casos de niños abusados![1] ¡Y la Iglesia nunca movió
un dedo para denunciar ni a un solo abusador!
Ha
sido necesario el estallido en cadena de escándalos como ése
en EEUU, Europa y América Latina para que, desde el
Vaticano, se comenzara a balbucear acerca de hacer denuncias
de los curas pedófilos ante la justicia.
Pero,
insistimos, son sólo balbuceos. El hecho es que, hasta
ahora, no se conoce el nombre de un solo sacerdote pedófilo
que haya sido llevado por la Iglesia a la justicia.
La
Iglesia tiene la norma proteger y encubrir a todo
precio a los integrantes de su jerarquía que comenten
delitos, por más atroces que sean. Este criterio
corporativo ha funcionado durante siglos, y no sólo en el
tema que nos ocupa. El Vaticano protegió, por ejemplo, a
los curas que participaron en el escándalo y estafa del
Banco Ambrosiano (1982), relacionado al lavado de dinero de
la mafia italiana y otras operaciones non sanctas,
matizadas con varios asesinatos. Lo mismo hace con los
abusadores.
Un
caso típico es el del cura ibérico José Ángel
Arregui Eraña. En España, había pasado por diversos
colegios, abusando reiteradamente de alumnos. Al crecer el
escándalo, la Iglesia lo sacó del país y lo trasladó a
Chile en el 2008. Allí le dio una cátedra en la
Universidad Santo Tomás. Pero el “padre” José Ángel
no pudo contenerse y terminó capturado por la policía
chilena como miembro de una red de pedófilos...[2]
¡Jamás la Iglesia lo denuncio! Por el
contrario, lo mudó a otro continente para que no fuese
preso.
Cardenal
fascista admite la verdad
Pero,
en medio de esta crisis, ha sido uno de los principales
jerarcas de la Iglesia, el cardenal colombiano Darío
Castrillón Hoyos el que ha puesto las cosas en claro. Este
siniestro personaje, ligado en su país a Uribe, los
paramilitares y la extrema derecha, es también muy
influyente en Roma.
Allí, la semana pasada, sostuvo que
“las acusaciones contra miembros de la Iglesia por abusos
sexuales forman parte de una campaña de persecución”.
Pero lo más grave es que el cardenal reivindica
abiertamente el encubrimiento practicado por la Iglesia.
En el 2001, envió una “carta pública de felicitación al
obispo francés Pierre Pican, que había protegido a un cura
pedófilo, René Bissey. En la carta enviada al obispo
Pican, luego de que fue condenado a tres meses de cárcel
por obstrucción a la justicia, Castrillón Hoyos afirmó
que ‘me complace tener un colega en el episcopado que,
ante los ojos de la historia y los demás obispos del mundo,
prefirió la prisión a denunciar a su hijo y
sacerdote’.”[3]
¡El cura pedófilo es considerado un
“hijo”, al que su “padre” –el obispo francés– no
puede ni debe denunciar ante la justicia! ¡Debe protegerlo
y encubrirlo aun a costa de ir preso!
¿Y quién “protege” a los niños
abusados por ese monstruo? Pero ellos no son “hijos” de
ningún obispo. Es decir, no son miembros de esa
“microsociedad” que es el aparato jerárquico de la
Iglesia.
Ratzinger
también comprometido
Por cumplir esta norma, también está personalmente
comprometido el mismo papa. En The New York Times
(25/03/10), se ha publicado una carta de Ratzinger, cuando
era cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina
de la Fe. Esta carta revela su encubrimiento de uno de los
casos más repugnantes de pedofilia: el del cura
Lawrence C. Murphy, de Milwaukee (EEUU), que abusó de
unos 200 chicos sordomudos.
Frente a los reclamos que se le hacía
desde EEUU de, por lo menos, apartar a Murphy del
sacerdocio, Ratzinger contesta negándose y protegiendo
al abusador. Así “Murphy nunca recibió sanciones ni
castigos, sino que fue trasladado en secreto a distintas
escuelas católicas de Wisconsin y murió en 1998, siendo
cura”.[4] Por esos motivos, son poco creíbles las recientes disposiciones del
Vaticano, sobre denunciar a los pedófilos.
“Dejad
que los niños vengan a mí”
En
verdad, en medio de tanta hipocresía, el exabrupto
que se le escapó al obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez,
suena como más cercano a la sinceridad que las lágrimas de
cocodrilo del papa:
“Puede
haber menores que sí lo consientan (el abuso sexual) y, de
hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores
y están perfectamente de acuerdo (en tener relaciones
sexuales) y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas
te provocan.”[5]
Evidente,
este obispo parece hablar por experiencia propia. ¡Una
vez más, los violadores acusan a sus víctimas de
“provocarlos”!
Notas:
1.–
“Cronología de los escándalos de abuso sexual
dentro de la Iglesia Católica”, BBC Mundo,
22/04/10.
2.– Álvaro Ramis, “El Vaticano
bajo sospecha”, revista Punto Final, Chile,
16/04/10.
3.– Julio Algañaraz, corresponsal en
Roma, “El escándalo por los sacerdotes que abusan de
menores”, Clarín, 23/04/10.
4.– Elisabetta Piqué, corresponsal
en Italia, “Salpica al Papa otro caso de cura abusador”,
La Nación, 26/03/10.
5.– Álvaro Ramis, cit.